Todo empieza con una palabra.

Eso es lo primero que vi en la Escuela de Escritores cuando llegué.

Siempre me ha costado mucho compartir lo que escribo. Muchas veces abro páginas en blanco en Word, suelto todo lo que siento, las cierro y les pongo nombres como “mío”, “mío I”, “mío II”, “sdlkfjasldkfj” y un montón de títulos absurdos, como si así no tuvieran demasiada importancia. Hago carpetas en el ordenador como aquellas muñequitas rusas que van una dentro de la otra y escondo lo que siento muy lejos, para que nadie lo encuentre. Esto debería estar escrito en pasado, porque desde que puse un pie en la Escuela de Escritores, todo lo que escribo tiene un título, un lugar a la vista de cualquiera que se siente delante de mi pantalla y hasta leo en voz alta todas esas palabras que juntas hacen que nazcan historias y evolucionen personajes.

Hace tiempo, alguien al que quiero mucho me dijo que era injusto que guardara todo lo que escribo para mí, que debía compartirlo como mínimo con la gente que quiero. Y aquel mensaje cobra mucho sentido hoy.

En “léeme” voy a juntar palabras. Unas cuantas. Espero que muchas.

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© Alejandra Parejo | copywriter